Lo único que lamento de tu muerte, es que mientras estuviste vivo no fui capaz de expresar cuánto te odio.
Mi actitud normalmente se vuelca hacia lo aprendido, lo bueno dejado, lo superado. Siempre te hablé desde la comprensión y la disponibilidad, aún cuando intentaba separarme para mi bien, pero tú nunca entendiste. No te bastó con el abuso de años, sino que aún cuando estuviste enterrado volvías de tu tumba -todavía imaginaria- para penarme. Por eso conservaste, aunque yo no supiera ni quisiera, tu apodo de la dulce pena.
Estos últimos días he tenido la necesidad compulsiva de recordarme cómo era en el pasado, y todas mis penas y desilusiones fueron dulces, excepto las que tenían que ver contigo. La versión de mí que cultivaste me da asco, me da pena, pero asco sobre todo. No quiero ser nunca más lo que fui contigo. Abusaste. He tenido dudas respecto de si lo nuestro fue abuso o no, pero ahora que me leo, y que te leo, estoy segura.
Asco. Eso me das, puro asco. Y qué bueno que te moriste, excepto porque no vas a leer esto, pero el karma va a estar igual. O la no existencia, si es que dejamos el consuelo metafísico a un lado.
Me das asco, me da asco tu vejez inmadura, tu egoísmo disfrazado. Mi triste y patética ceguera.
Mi actitud normalmente es de comprensión y disponibilidad, pero no te la mereciste nunca.
Mi única venganza posible sería arruinar tu memoria con confesiones abiertas, pero para qué. Dañar a los inocentes por matar a un muerto, no tiene mucho sentido, pero aquí te escribo: te desprecio. Generalmente te ignoro, no me existes, pero ahora que te recuerdo, me das asco y te desprecio.
Bien muerto.
A cuántas más hiciste daño por tu falo asqueroso egótico.
Nunca pensé escribir así, por eso la semilla podrida que dejaste, aunque oculta y seca ha seguido aquí.
No voy a perdonarte, ni guardarte rencor.
Eres como Voldemort al final de la última película.
Asco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario